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En un panorama dominado por el realismo, las tramas densas y las ambiciones cinematográficas, Once Upon a Katamari aparece como un recordatorio tierno y rebelde de lo que alguna vez fue jugar por puro placer. Keita Takahashi ya lo había demostrado en 2004 con Katamari Damacy, ese experimento brillante que convirtió una simple bola pegajosa en una oda al caos, la curiosidad y la alegría sin pretensiones. Dos décadas después, esta nueva entrega recupera esa esencia perdida: la ligereza, la música que contagia y la torpeza que divierte. Jugarlo hoy no es solo reencontrarse con un clásico, sino reconectarse con una parte olvidada del alma del videojuego: aquella que celebra lo absurdo, lo imperfecto y lo luminoso. Entre tanto drama y oscuridad, Katamari nos invita otra vez a rodar, reír y cantar.
INTRODUCCIÓN
En un mercado que a menudo confunde ambición con duración, y donde la mayoría de las sagas lucha por ser más “cinematográficas”, Once Upon a Katamari aparece como un recordatorio de lo esencial. Es el primer título original de la franquicia en más de diez años y representa el retorno triunfal de un ícono del diseño japonés más excéntrico y entrañable. Desarrollado por RENGAME y publicado por Bandai Namco, el juego no pretende reinventar la rueda —ni falta que hace—, sino pulir su superficie hasta que brille de nuevo. Lo que ofrece no es innovación radical, sino una reinterpretación moderna de la magia absurda que hizo de Katamari Damacy un clásico de culto.

Desde su música vibrante hasta sus colores imposibles, Once Upon a Katamari es una carta de amor a la rareza, una celebración de lo que el gaming puede ser cuando se libera de la obsesión por la perfección. Es un cuento cósmico que invita a jugar, a desconectar y a recordar que la diversión no siempre necesita lógica.
HISTORIA
Fiel a la tradición de la serie, la historia arranca con un desastre monumental provocado por el Rey de Todo el Cosmos, una divinidad extravagante, pomposa y tan ridículamente humana que resulta irresistible. En esta ocasión, el Rey encuentra un pergamino brillante durante una de sus improvisadas limpiezas palaciegas, y, aburrido, decide lanzarlo al cielo.
El resultado, por supuesto, es catastrófico: el tiempo y el espacio se fragmentan, dejando el universo en ruinas. El deber de restaurar el orden recae, una vez más, sobre el pequeño Príncipe, un héroe silencioso que solo cuenta con su katamari, esa esfera mágica capaz de adherirse a todo lo que toca. Para reparar el cosmos, deberá viajar a través de distintas eras de la historia: la prehistoria, el período Edo en Japón, la Grecia antigua, el Viejo Oeste, Egipto y otras civilizaciones, rodando y recolectando objetos que simbolizan la esencia perdida del tiempo.

La narrativa, simple en apariencia, está contada como un cuento ilustrado, con capítulos que se abren como páginas de un libro animado. Cada misión tiene su pequeña introducción y conclusión, con narraciones exageradas y humor cósmico de ese que solo Katamari sabe ejecutar. El Rey es el gran protagonista verbal: egocéntrico, melodramático y encantador, capaz de convertir cada error en un espectáculo de soberbia paternal. Junto a él, la Reina del Cosmos cobra un papel más activo, y sus apariciones aportan un contrapunto divertido al monólogo constante del Rey.
Entre ambos hay una química teatral que convierte el absurdo en arte. El Príncipe, mientras tanto, observa en silencio y rueda, obediente, con la paciencia de quien entiende que su tarea no tiene sentido, pero que debe hacerse de todos modos.

El resultado es una historia ligera y encantadora, pero no vacía. Habla del caos, de la rutina, de cómo a veces solo podemos arreglar el mundo a base de insistencia y humor. Once Upon a Katamari no busca emocionar, sino contagiar alegría. Y lo logra con una naturalidad que pocos juegos contemporáneos pueden permitirse.
JUGABILIDAD
La jugabilidad de Once Upon a Katamari se mantiene fiel al espíritu original. La mecánica central sigue siendo la misma que definió a Katamari Damacy: empujar una esfera adhesiva para recolectar cualquier objeto más pequeño que ella. Cuanto más grande se vuelve la bola, más posibilidades se abren. Pasamos de absorber lápices y galletas a engullir casas, torres, montañas y hasta planetas.

El sistema de control conserva su clásico uso de los dos sticks, que a muchos jugadores nuevos puede parecer torpe, pero que sigue siendo el núcleo de la experiencia. Esa sensación de resistencia física, de peso real, es lo que da al Katamari su personalidad. Sin embargo, RENGAME ha pulido las físicas con notable precisión: ahora el movimiento es más fluido, la aceleración más natural y las colisiones menos frustrantes. Rodar, literalmente, nunca se sintió tan bien.
Las mejoras se notan también en los power-ups. Aparecen nuevos objetos temporales que enriquecen la dinámica sin traicionar su minimalismo: un imán que atrae elementos cercanos, un radar que marca secretos, un reloj que detiene el tiempo y un cohete que da un impulso breve de velocidad. Ninguno transforma el juego, pero todos aportan pequeñas variaciones que mantienen viva la sensación de descubrimiento.

Los niveles están organizados por épocas y funcionan como micromundos abiertos, desde los que accedemos a distintas misiones hablando con NPCs o interactuando con puntos clave. La variedad es notable: algunos desafíos piden alcanzar un tamaño mínimo antes de que acabe el tiempo; otros, recolectar solo objetos de una categoría específica, como dulces o animales; y otros limitan el número de elementos que podés adherir.
Hay momentos memorables. En un nivel de Grecia, por ejemplo, debés “cazar filósofos” y rodarlos junto a sus citas célebres, que llenan la pantalla. En Egipto, la misión consiste en crear un oasis llevando agua en el Katamari sin perderla. En la prehistoria, hay que cavar en busca de fósiles, mientras que en Japón, un samurái glotón te pide que lo alimentes hasta convertirse en un orbe viviente. Cada misión tiene una vuelta de tuerca absurda que transforma lo cotidiano en un juego de humor cósmico.

La dificultad es suave, pero alcanzar el rango máximo —el deseado “Arcoíris”— requiere maestría. Lo fascinante es que incluso los fallos son divertidos: el Rey te reta, se burla, dramatiza tus fracasos como si fueran tragedias universales. Es imposible enojarse; todo está diseñado para que la frustración se diluya en risa.
Finalmente, Once Upon a Katamari incorpora un modo competitivo llamado KatamariBall, una reinterpretación del multijugador clásico de la serie. Cuatro jugadores compiten (en línea o contra la CPU) para recolectar más objetos que el resto y depositarlos en su nave. Es un caos controlado, frenético y divertido, que conserva el tono festivo y absurdo de la saga.
PRESENTACIÓN
Gráficos
Visualmente, Once Upon a Katamari mantiene su estética inconfundible: un collage tridimensional hecho de polígonos gruesos, texturas simples y colores desbordantes. El estilo low-poly que nació por limitaciones técnicas en 2004 hoy es una elección artística deliberada. En una era de motores hiperrealistas, Katamari sigue siendo un refugio de diseño honesto y artesanal.

Cada era tiene su propia paleta cromática y ambientación. La Grecia clásica brilla con mármoles rosados y cielos saturados; el Egipto antiguo combina oro y ocre con tonos desérticos; el Japón feudal rebosa de linternas, templos y fuegos artificiales. Todo tiene un encanto infantil y surrealista. Incluso los objetos más absurdos —una vaca tocando guitarra, una momia con una cámara de TV, un luchador de sumo subido a un elefante— encajan dentro de su lógica de locura ordenada.
El nivel de detalle es sorprendente, y cada objeto parece haber sido colocado con propósito cómico o estético. RENGAME demuestra un profundo respeto por la identidad visual de la saga, pero también un entendimiento de su evolución: Once Upon a Katamari es al mismo tiempo un homenaje y una actualización.
Sonido y Música
La música es el corazón del universo Katamari. Y aquí late con más fuerza que nunca. El compositor Yuu Miyake, artífice del sonido original de la serie, regresa para dirigir una banda sonora monumental que combina géneros con libertad total. J-Pop, funk, jazz, rap y electrónica se mezclan sin pudor, creando una identidad sonora que es tanto un delirio como una celebración.
El juego divide su BSO en dos vertientes. Por un lado, están las piezas instrumentales inspiradas en las épocas históricas, que utilizan elementos culturales para ambientar sin perder la ironía. Por otro, los temas principales —con voces, coros y arreglos brillantes— recuperan el espíritu vibrante y absurdo que todos los fans asocian a Katamari. Canciones como “YangYang”, “Katamariism”, “DIVER” o “Power of Katamari Damacy” son himnos instantáneos, tan pegajosos que resulta imposible no tararearlos.

El diseño de sonido también merece mención. Cada objeto adherido al Katamari produce un sonido propio: un clic, un ladrido, un chillido metálico, un grito lejano. Al mezclarse, todos esos ruidos forman una especie de sinfonía improvisada que evoluciona mientras jugás. Es una experiencia sensorial que combina humor y ritmo, haciendo que cada partida se sienta como un pequeño concierto del caos.
Rendimiento
En su versión para PC, Once Upon a Katamari ofrece un rendimiento impecable. Las transiciones son instantáneas, las animaciones fluidas y el control responde con precisión. No hay interrupciones ni tiempos de carga que rompan la inmersión, y la experiencia se mantiene estable incluso en los momentos más caóticos, cuando el Katamari ya abarca medio mapa. El juego está optimizado con cuidado, respetando su identidad técnica sin sacrificar fluidez, reforzando esa sensación hipnótica que lo define.

CONCLUSIÓN
Once Upon a Katamari no busca sorprender con tecnología ni épica. Busca devolvernos la alegría de jugar. Su humor, su música y su estética absurda funcionan como un antídoto contra la solemnidad del gaming moderno. Es un recordatorio de que no hace falta una narrativa compleja ni un mapa inmenso para crear una experiencia inolvidable.
El equipo de RENGAME entendió perfectamente la herencia de Keita Takahashi: preservar la esencia mientras se refina la ejecución. El resultado es un título que respeta el pasado, brilla en el presente y asegura el futuro de una saga que parecía perdida.
Sí, tiene sus fallos. Algunos niveles resultan menos inspirados, la distribución de eras no es del todo equilibrada y el modo competitivo podría profundizarse. Pero esos detalles se disuelven en la fuerza de su propuesta: una aventura lúdica, hipnótica y genuinamente feliz.
En tiempos donde el realismo se impone y la industria tiende a la solemnidad, Once Upon a Katamari aparece como un recordatorio luminoso de que el juego —en su forma más pura— todavía puede hacernos reír, cantar y maravillarnos con lo absurdo. Y eso, hoy, vale oro.
Once Upon A Katamari
Color, humor y caos se fusionan en Once Upon a Katamari, un regreso brillante que refina su jugabilidad clásica y celebra la alegría pura de jugar.
Análisis
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Precio/Calidad
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Gráficos
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Jugabilidad
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Sonido / Música
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Historia
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